La violencia contra las mujeres sigue siendo una de las vulneraciones de derechos más extendidas en todo el mundo, y que no entiende de edad, raza o nivel económico. Desde que en 1999 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) proclamase este día en recuerdo de las hermanas Mirabal, activistas de República Dominicana que fueron asesinadas en 1960 por ser mujeres, cada 25 de noviembre (25N) el mundo conmemora el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer. Por ello, esta fecha nos invita a reflexionar acerca de la magnitud de un problema estructural y de raíces profundas, en el que desde una perspectiva criminológica apreciamos que la óptica punitiva no siempre es la mejor opci1ón. Por las características de este fenómeno, será necesario, por tanto, que sea abordado a través de la educación, políticas públicas y estrategias de prevención que incidan en derribar las barreras de las estructuras sociales que perpetúan la desigualdad y la violencia.
La violencia contra la mujer: un problema estructural y multidimensional
Como hemos comentado, la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni individual, dado que se trata de un problema estructural que se encuentra profundamente arraigado en las desigualdades de poder entre géneros. Según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada tres mujeres en el mundo ha experimentado algún tipo de violencia física o sexual en algún momento de su vida. Estas estadísticas no sólo evidencian la gravedad del problema, sino también la invisibilidad y la normalización de la violencia que enfrentan muchas mujeres.
En el caso de España, se cumplen dos décadas desde que se buscase paliar la situación a golpe legislativo, con el nacimiento de la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género. No obstante, en la práctica se ha comprobado que el ámbito de la violencia de género excede a la citada ley, pues solo pone el punto de mira en el momento en el que la mujer es violentada por parte de su pareja, cuando la realidad nos habla de que puede adoptar muchas otras formas (violencia física, sexual, psicológica o económica). Debido a lo anterior, aún hoy mucha gente se pregunta si con ella el amparo a las víctimas de esta clase de delitos ha sido suficiente en todos estos años. Sea como fuere, es evidente que el éxito de estos mecanismos depende, además de la respuesta institucional, del compromiso de la sociedad en su conjunto para identificar, denunciar y rechazar cualquier acto violento.
Por otro lado, algo que llama especialmente la atención es la concepción fotográfica que se crea de la víctima de violencia de género: en estos casos, el agresor pretende ejercer un control total sobre la víctima, dominarla como si fuera de su propiedad. Así, la mujer queda totalmente anulada ante cualquier tipo de reacción, llegando incluso a verse desprotegida, sin los lazos sociales que necesita para salir de esa situación. Es lo que se conoce como el establecimiento de una «red de tela de araña».
La cifra negra: la violencia invisibilizada
Uno de los mayores desafíos en la lucha contra la violencia de género y que supone que los esfuerzos sean limitados es la cifra negra; término que describe aquellos hechos no denunciados o que no llegan a ser registrados oficialmente. Las razones detrás de esta invisibilidad son diversas:
- Miedo a represalias y rechazo social.
- Falta de confianza en las instituciones de justicia.
- Dependencia económica y emocional del agresor.
- Vergüenza, estigma y normalización de la violencia en algunas culturas.
- No identificación como víctima.
Lo más característico de este delito es que el victimario suele ser una persona conocida por la víctima. Este vínculo estrecho entre ambos actores conduce a que quien lo sufre se encuentre en una posición compleja a la hora de denunciar y poner el hecho en conocimiento de otros, lo que la hace más vulnerable y sumisa. Así, dicha vulnerabilidad convierte a la mujer en un sujeto más manejable respecto a la situación de violencia. A esta tesitura en la que se ve la víctima, al optar por guardar silencio, debemos sumarle la presión que muchas veces les trasmiten desde los ámbitos familiar y laboral, sin olvidar la idea aún existente de que el hecho de ser víctima de violencia de género solo es “algo de pobres”.
Además de lo anterior, cabe recordar que la violencia de género se considera un asunto privado en muchos contextos, cuestión que obstaculiza la denuncia de los hechos y perpetúa el ciclo de abuso. Así mismo, este fenómeno de violencia también se agrava por la falta de un seguimiento adecuado de los casos, por no mencionar que los sistemas judiciales y de protección en algunos países no siempre están preparados para ofrecer un apoyo efectivo, impidiendo que muchas mujeres reciban el apoyo necesario. La cifra negra refleja, por tanto, una desconexión entre las estadísticas oficiales y la realidad vivida por muchas mujeres, lo que subraya la necesidad urgente de mejorar los mecanismos de prevención y protección.
Criminología y Prevención
Siendo la prevención uno de los máximos estamentos de la Criminología, desde esta ciencia se apuesta por que la prevención de la violencia contra la mujer deba abordarse de manera integral. Esto implica no solo el castigo y la intervención con el victimario, sino también la creación de mecanismos de protección y apoyo para las víctimas, así como el trabajo preventivo en la sociedad en aras a cambiar actitudes y creencias que normalizan la violencia. En este sentido, existen varias estrategias que pueden implementarse:
- Educación y sensibilización. Si se pretende atajar el problema de la violencia contra la mujer de raíz, resulta esencial promover programas educativos que sensibilicen a la sociedad sobre la violencia contra la mujer, el respeto a los derechos humanos y la igualdad de género. Además, teniendo en cuenta que la incidencia de este tipo de delitos en adolescentes va alza, es conveniente educar a los jóvenes en la creación de relaciones de pareja saludables, la importancia del consentimiento y el rechazo a las actitudes misóginas.
- Intervención temprana. Bien es sabido que una intervención a tiempo, si se hace correctamente, puede salvar mucho. En este sentido, la prevención primaria es crucial para identificar señales que reflejen la presencia de violencia en las primeras etapas, de manera que se brinde apoyo a las víctimas incluso antes de que la situación de abuso se intensifique. Los programas de intervención temprana pueden incluir, entre otros, la capacitación a profesionales de la salud, agentes de fuerzas y cuerpos de seguridad y los servicios sociales para identificar y responder de manera rápida y eficaz ante un caso de violencia contra la mujer.
- Fortalecimiento del sistema judicial y penitenciario. El acceso al sistema de justicia es uno de los pilares primordiales para la erradicación de la violencia de género. Un sistema judicial empático, eficiente y sensible a la violencia contra las mujeres es esencial para que las víctimas puedan denunciar y obtener protección. Además, las políticas públicas deben garantizar que los agresores enfrenten consecuencias jurídicas, al mismo tiempo que se promuevan programas de rehabilitación social para prevenir la reincidencia.
- Empoderamiento de las mujeres. Una de las medidas más efectivas para prevenir la violencia es empoderar a las mujeres, proporcionándoles herramientas para mejorar su autoestima y autonomía económica, social y psicológica. Aspectos como el acceso a una educación igualitaria, empleo y servicios de salud son claves para reducir la vulnerabilidad de las mujeres frente a situaciones de abuso.
- Apoyo a las víctimas. El acompañamiento integral a las víctimas de violencia de género es otro componente relevante en la prevención secundaria. Servicios como casas de acogida, asistencia psicológica y jurídica, y líneas de ayuda telefónica deben ser accesibles y confidenciales, brindando apoyo a las mujeres que han sufrido violencia.
Superar los fallos de las medidas de prevención pasa, en definitiva, por la adopción de un enfoque más integral y sostenible, en el que todos los sectores de la sociedad estén implicados. La inversión en la formación continua de profesionales, la mejora de los servicios de apoyo a las víctimas y la promoción de una cultura de igualdad son pasos clave, en líneas a la creación de un sistema que efectivamente prevenga la violencia y proteja a las mujeres.
A nivel de políticas públicas, las cifras que cada año continúan alimentando esta lacra ponen el foco en la urgencia de que se implementen estrategias de prevención primaria que tomen como referencia los casos ya ocurridos para buscar el modo de deconstruir las estructuras de poder que legitiman la violencia. La educación en igualdad desde la infancia, la sensibilización en los medios de comunicación y el fortalecimiento de la ley deben, pues, ser complementados con iniciativas comunitarias que fomenten el rechazo social hacia todo tipo de violencias y, en especial, a la violencia de género.
Un llamado a la acción: la responsabilidad colectiva
A diferencia de otros delitos, el de violencia de género es bastante impune, en el sentido de que, en muchos casos, cuando el agresor acude pidiendo perdón y asegurando que “no va a volver a pasar” (fase de «luna de miel» en el ciclo de violencia de género, de acuerdo con la teoría propuesta por la psicóloga estadounidense Leonor Walker) la víctima suele aceptar sus disculpas. Si se tratara de un hecho delictivo como un robo, por ejemplo, seguro que hallaríamos pocos o ningún caso en el que la víctima renuncie a denunciar y luego perdone al culpable. Este comportamiento puede deberse en gran medida al rol de cuidadora que se le ha venido imponiendo a la mujer a lo largo de la historia. De este modo, ¿Cómo no va a perdonar a su agresor con el afecto que le tiene, a pesar de que la haya agredido?
Así las cosas, comprender que la eliminación de la violencia contra las mujeres no es responsabilidad exclusiva de las víctimas ni de las autoridades, pasa por entender que se trata de una cuestión que involucra a toda la sociedad. De este modo, cada individuo, comunidad e institución debe asumir su papel en la erradicación de esta grave vulneración de derechos humanos.
El 25 de noviembre nos recuerda la importancia de seguir trabajando por un mundo sin violencia contra la mujer por el mero hecho de serlo, poniendo de manifiesto la premura por lograr un compromiso colectivo y multidimensional. Es evidente que la erradicación de la violencia de género requiere de un enfoque que vaya más allá de las leyes, pues modificar las actitudes y percepciones que promueven la desigualdad y la violencia pasa inevitablemente por la educación. No debemos olvidarnos, igualmente, de la importancia de garantizar que los recursos para la protección y apoyo a las personas afectadas sean suficientes y accesibles.
En todo ello, la Criminología, como disciplina orientada a comprender las causas y las consecuencias de los hechos delictivos, juega un papel crucial en el diseño e implementación de estrategias de prevención, así como en la mejora de las respuestas institucionales frente a la violencia contra las mujeres.
25N: Conclusión
Como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el 25 de noviembre (25N) se ha convertido en una fecha símbolo de resistencia y llamado a la acción para frenar una lacra que continúa llevándose cada año la vida de cientos de mujeres en todo el mundo, y que afecta a múltiples actores, desde familias hasta sociedades enteras, además de la propia víctima.
Por su parte, la cifra negra y el fallo de los mecanismos de prevención revelan que aún estamos lejos de erradicar la violencia contra las mujeres. Si bien las leyes y las políticas han avanzado en muchos países, lo cierto es que la falta de implementación efectiva, la vergüenza, el miedo, el estigma y las normas sociales que permiten la violencia siguen siendo obstáculos significativos. Igualmente, la lucha por eliminar la violencia de género debe ser multidimensional, involucrando a todos los actores sociales, políticos y comunitarios en un esfuerzo conjunto para crear una sociedad que realmente proteja y respete los derechos de las mujeres. Por tanto, solo a través de un enfoque integral y el fortalecimiento de los mecanismos de prevención podremos esperar avances reales en la erradicación de la violencia contra la mujer.
Es evidente que, a pesar de los numerosos cambios que se han producido en lo relativo a situar a la mujer en el mismo plano de igualdad que los hombres, aún existen esferas en las que queda bastante camino por recorrer. Desde la Criminología, en lo que respecta a la prevención de la violencia, debemos seguir construyendo un marco integral que garantice la protección de las mujeres y trabaje para cambiar las estructuras sociales y culturales que permiten que la violencia se mantenga. Para que todo ello ocurra y se pueda avanzar hacia un futuro libre de violencia para todas las mujeres, será necesario verter nuestros esfuerzos constantes en impulsar el compromiso colectivo, la educación, la sensibilización, una intervención a tiempo y el fortalecimiento de las políticas públicas.
En resumidas cuentas, la violencia de género no es un problema surgido recientemente, pero sí que es cierto que en la actualidad está aflorando y ha conseguido despertar el interés de gran parte de la sociedad, gracias al reconocimiento de los derechos de la mujer. La víctima de violencia de género, normalmente una mujer, merece la consideración de víctima especialmente vulnerable, no porque así se indique en una Directiva, Ley o Reglamento: basta conocer todo lo que envuelve esta problemática para percatarse de que nos encontramos ante un delito totalmente distinto, que merece una atención y una mirada diferente.
Como hemos visto, la expansión de la violencia de género lleva intrínseca un ciclo de discriminación y desigualdad que va más allá de la edad, color de piel o del contexto sociocultural de los actores, pues se trata de un problema estructural de raíces profundas en el que la educación en valores, como el respeto, entre otros, puede llegar a ser la medicina más potente. No olvidemos que la violencia contra la mujer puede adoptar diferentes formas: física, psicológica, sexual y económica. Está en nosotros como sociedad y profesionales aprender a identificar los signos que nos permitan adelantarnos a un final indeseado.
